El tiempo es la única certeza que poseemos y, al mismo tiempo, el mayor enigma que enfrentamos. Fluye sin detenerse, sin esperar a nadie, sin conceder treguas. Desde que nacemos, su marcha nos envuelve, nos impulsa y, en ocasiones, nos asfixia. Queremos aferrarnos a los instantes felices, congelar los momentos de plenitud, pero todo se escapa como arena entre los dedos.
Nos afanamos en el trabajo, en los compromisos, en las pequeñas y grandes preocupaciones de la vida, sin darnos cuenta de que cada segundo que gastamos es un segundo que nunca recuperaremos. Solo cuando miramos atrás comprendemos cuán rápido han pasado los días, los meses, los años. Aquello que ayer parecía eterno hoy es solo un recuerdo difuso.
La fugacidad del tiempo nos confronta con nuestra propia fragilidad. Nos recuerda que no somos dueños de nada más que del presente, del ahora. Vivimos esperando el futuro, planeando, proyectando, soñando con lo que vendrá, sin detenernos a vivir lo que ya es. Y cuando por fin llega ese futuro anhelado, a menudo nos damos cuenta de que no lo hemos saboreado como debíamos.
Pero si el tiempo es efímero, si todo se desvanece, ¿qué sentido tiene la vida? Quizás la respuesta no esté en luchar contra el flujo del tiempo, sino en aprender a vivir en armonía con él. Aceptar su naturaleza transitoria nos invita a valorar cada instante, a encontrar belleza en lo simple, a dejar de lado lo superfluo y centrarnos en lo que realmente importa: el amor, la amistad, el aprendizaje, la conexión con el mundo y con nosotros mismos.
No podemos detener el tiempo, pero sí podemos llenarlo de significado. Podemos elegir vivir conscientemente, sin dejarnos arrastrar por la inercia del día a día. Podemos aprender a abrazar cada momento con gratitud, sabiendo que, aunque fugaz, cada segundo bien vivido es un tesoro eterno en nuestra memoria